Paper · IA y Sociedad

¿Quién está fabricando el yo? Juventud, consumo mediático e identidad en la era de la IA

Durante décadas pensamos que los jóvenes acudían a los medios para descubrir quiénes eran. Hoy el problema se ha vuelto más profundo: los medios han comenzado a devolverles una respuesta sobre quiénes deberían ser. Ya no sólo consumimos imágenes, canciones, ficciones o celebridades para construir identidad. Habitamos sistemas que observan nuestros consumos, aprenden nuestros gestos, registran nuestras vacilaciones y terminan por proponernos una versión estadísticamente probable de nosotros mismos. El espejo dejó de ser pasivo. Ahora calcula.

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Roger Silverstone entendió muy pronto que los medios se encontraban en el corazón de nuestra capacidad para dotar de sentido al mundo (Silverstone, 2004). Aquella afirmación adquiere hoy otra densidad. Los medios dejaron de acompañar la experiencia para convertirse en parte de su arquitectura. En México, la ENDUTIH 2025 registró 104.9 millones de personas usuarias de internet, equivalentes al 86.1% de la población de seis años y más. Entre quienes tienen de 15 a 24 años, la penetración alcanzó 97.6% (INEGI, 2026). Para una generación entera, conectarse ya no constituye una actividad: es una condición ambiental.

Decir entonces que “somos lo que consumimos” resulta insuficiente. También somos aquello que los sistemas infieren que somos a partir de nuestros consumos.

El yo bajo recomendación

Las culturas juveniles siempre encontraron en los medios recursos para marcar pertenencia, distinguirse, ensayar una estética o reconocerse entre semejantes. La camiseta, el disco, el peinado, el videojuego y posteriormente el perfil digital fueron prótesis simbólicas mediante las cuales cada sujeto comunicaba algo de sí sin necesidad de explicarse por completo.

La vieja lógica del Long Tail multiplicó esos nichos hasta volverlos prácticamente infinitos. Sin embargo, ocurrió algo adicional: dejamos de buscar únicamente nuestras tribus y las plataformas comenzaron a buscarlas por nosotros.

TikTok, Spotify, YouTube, Instagram o cualquier sistema de recomendación no se limitan a organizar contenidos. Elaboran hipótesis sobre la persona. Cada pausa frente a una imagen, cada repetición, abandono o búsqueda alimenta una representación computacional del usuario. Taina Bucher (2018) ha mostrado que el poder algorítmico no necesita imponerse mediante órdenes visibles; opera modulando las condiciones de aparición de aquello que podemos encontrar. Hay cosas que llegan hasta nosotros y otras que desaparecen antes incluso de que sepamos que existían.

La identidad comienza entonces a construirse dentro de una extraña circularidad: consumo aquello que me interesa, el sistema aprende de ese interés y me devuelve contenidos semejantes; después termino creyendo que aquello que aparece persistentemente frente a mí expresa naturalmente quién soy.

El algoritmo no conoce a la persona. La calcula.

Y esa diferencia importa.

Nick Couldry y Ulises Mejias (2019) llaman colonialismo de datos al proceso mediante el cual la vida humana es convertida en materia susceptible de extracción económica. Desde esa perspectiva, la expresión identitaria dejó de ser solamente comunicación. También es producción. Cada adolescente que publica, comenta, escucha o conversa genera valor económico aun cuando su intención inmediata sea tan sencilla como entretenerse o sentirse acompañado.

Aquí aparece una paradoja incómoda. Nunca habíamos dispuesto de tantas herramientas para expresarnos y quizá nunca nuestra expresión había sido tan intensamente procesada industrialmente.

El mercado cultural ya no necesita vender únicamente objetos identitarios. Puede comercializar las condiciones mismas mediante las cuales una identidad se descubre y se confirma.

Bernard Stiegler advertía que las industrias culturales habían desplazado su atención hacia la captura sistemática del tiempo psíquico de niños y jóvenes. El problema, para él, no era simplemente cuánto tiempo se permanecía frente a una pantalla, sino qué ocurría con la formación del deseo cuando éste era administrado industrialmente (Stiegler, 2010). Esa pregunta se vuelve incómodamente contemporánea. Porque la economía de la atención ya no se conforma con retener nuestros ojos. Quiere anticipar nuestros próximos gestos.

Cuando el espejo comienza a conversar

La inteligencia artificial introduce una ruptura todavía mayor.

Los medios habían sido escenario, ventana, prótesis y territorio. Ahora comienzan también a convertirse en interlocutores.

Pew Research Center encontró en 2025 que 64% de los adolescentes estadounidenses de 13 a 17 años había utilizado chatbots de inteligencia artificial y alrededor de tres de cada diez lo hacía diariamente. Un estudio posterior mostró que 54% ya los había usado para tareas escolares y 12% para obtener apoyo emocional o consejo (McClain et al., 2026). Las cifras no pueden extrapolarse mecánicamente a México, pero permiten observar la dirección de una transformación cultural que apenas empieza.

Más inquietante resulta otro dato. Common Sense Media encontró que 72% de los adolescentes consultados había probado compañeros artificiales y que una parte significativa recurría a ellos para conversaciones sociales; aproximadamente uno de cada tres usuarios había preferido conversar con una IA sobre asuntos serios antes que hacerlo con otra persona (Common Sense Media, 2025).

El nuevo interlocutor juvenil puede no tener cuerpo, historia biográfica ni experiencia interior. Sin embargo, responde.

Y la respuesta produce efectos.

No porque la máquina posea necesariamente aquello que llamamos comprensión humana, sino porque el sujeto puede atribuirle escucha, intención y reconocimiento. Esa atribución basta para que ocurra una experiencia comunicativa significativa.

Aquí se abre uno de los grandes dilemas antropológicos de nuestro tiempo. La identidad siempre requirió alteridad. Necesitamos un otro que resista, discrepe, se canse, se retire, nos sorprenda. El otro humano nunca está completamente disponible porque posee una interioridad que no controlamos. Precisamente por ello transforma.

Una inteligencia artificial personalizada tiende, en cambio, a disminuir esa fricción. Aprende nuestra sintaxis, recuerda preferencias y adapta el tono. Puede convertirse en un espejo extraordinariamente complaciente. El peligro no está en que sustituya mágicamente al ser humano, sino en que acostumbre al sujeto a una alteridad sin verdadera exterioridad.

Entonces el problema deja de ser tecnológico y toca algo mucho más íntimo: ¿qué ocurre con la formación del yo cuando la mirada que nos devuelve reconocimiento ha sido optimizada para mantenernos conversando?

Durante años preguntamos qué hacían los jóvenes con los medios. Después intentamos comprender qué hacían los medios con ellos. La inteligencia artificial obliga a formular una pregunta distinta: ¿qué tipo de persona emerge cuando entre el yo y el mundo se instala una inteligencia que interpreta permanentemente a ambos?

Quizá educar para esta época no consista en enseñar solamente a utilizar tecnologías. Habrá que aprender a desconfiar amorosamente del espejo, recuperar el derecho a cambiar de opinión, buscar aquello que el algoritmo jamás habría recomendado y conservar espacios donde nuestra identidad no tenga que ser calculada.

Porque crecer siempre significó descubrir quién podemos llegar a ser. Sería profundamente empobrecedor permitir que esa respuesta nos la entregue, anticipadamente, una predicción.

La próxima batalla cultural no será por conseguir la atención de los jóvenes. Será por preservar algo mucho más delicado: su derecho a seguir siendo autores impredecibles de sí mismos.

Referencias

Bucher, T. (2018). If... then: Algorithmic power and politics. Oxford University Press. https://doi.org/10.1093/oso/9780190493028.001.0001

Common Sense Media. (2025, July 16). Talk, trust, and trade-offs: How and why teens use AI companions.

Couldry, N., & Mejias, U. A. (2019). The costs of connection: How data is colonizing human life and appropriating it for capitalism. Stanford University Press. https://doi.org/10.1515/9781503609754

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2026). Encuesta Nacional sobre Disponibilidad y Uso de Tecnologías de la Información en los Hogares (ENDUTIH) 2025. INEGI.

McClain, C., Anderson, M., Sidoti, O., & Bishop, W. (2026, February 24). How teens use and view AI. Pew Research Center.

Silverstone, R. (2004). ¿Por qué estudiar los medios? Amorrortu.

Stiegler, B. (2010). Taking care of youth and the generations. Stanford University Press.

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