La sociedad debajo de la pantalla: cuando los medios dejaron de representar el mundo y comenzaron a organizarlo
“La vida en red es reencontrarme con amigos y familiares. Conversar y consultar, de manera rápida, temas de mi interés. Disfrutar las buenas cosas que comparten los amigos. Distracción y recreación”. La frase parece sencilla. Casi doméstica. Sin embargo, detrás de ella se esconde una mutación de enorme profundidad: hemos dejado de utilizar los medios únicamente para comunicarnos. Vivimos dentro de ellos. Trabajamos, aprendemos, deseamos, compramos, amamos, recordamos y discutimos en arquitecturas técnicas que seleccionan lo visible, administran nuestra atención y, cada vez con mayor frecuencia, anticipan aquello que probablemente haremos después. La pantalla dejó de ser ventana. Se convirtió en suelo.
Durante buena parte del siglo XX pensamos los medios como canales. La radio transportaba sonidos; la televisión imágenes; el periódico noticias. Después llegaron las redes digitales y la metáfora se volvió insuficiente. Los medios comenzaron a mezclarse con las instituciones, las relaciones familiares, el mercado, el entretenimiento, la educación y el modo mismo de experimentar la presencia del otro.
Hoy esa transformación puede medirse. En México, la ENDUTIH 2025 registró 104.9 millones de personas usuarias de internet, equivalentes al 86.1% de la población de seis años y más. La cifra urbana alcanza 88.9%, mientras que en zonas rurales se mantiene en 75.2%. Una década antes, sólo 39.1% de los hogares mexicanos tenía conexión; hoy la proporción es de 78.3%. La red dejó de ser una tecnología añadida a la vida cotidiana. Se ha convertido en una de las condiciones mediante las cuales esa vida puede realizarse.
La transformación es planetaria. La Unión Internacional de Telecomunicaciones calcula que seis mil millones de personas utilizaron internet en 2025, aproximadamente 74% de la población mundial. Pero 2.2 mil millones permanecían desconectadas y, entre quienes sí acceden, persisten diferencias profundas de calidad, asequibilidad y competencias. La infraestructura que conecta al planeta no distribuye de manera equitativa la capacidad de habitarlo.
La arquitectura invisible de lo cotidiano
Winfried Schulz formuló hace más de dos décadas una intuición decisiva: la mediatización no consistía únicamente en aumentar el número de dispositivos disponibles, sino en transformar las condiciones de la interacción social. Los medios amplifican ciertas acciones humanas, sustituyen otras prácticas, mezclan encuentros presenciales con experiencias mediadas y obligan a instituciones y sujetos a ajustar sus comportamientos a formatos tecnológicos específicos.
Aquello que entonces podía parecer una categoría analítica hoy describe nuestra normalidad.
Una transferencia bancaria, una conversación amorosa, el acceso a una clase, la búsqueda de empleo o la consulta de un diagnóstico preliminar pueden iniciar en la misma superficie luminosa. No se trata simplemente de convergencia tecnológica. Lo que converge es la vida.
Stig Hjarvard entendió esta transformación como un proceso doble: los medios adquieren autonomía institucional mientras penetran simultáneamente otras instituciones. Dejan de estar afuera. Se incrustan en su operación. El sistema educativo aprende a pensar en plataformas; la economía adopta métricas de interacción; el periodismo negocia con algoritmos; incluso la intimidad aprende formatos de publicación.
Andreas Hepp lleva esta idea todavía más lejos al hablar de mediatización profunda: una condición histórica en la que la transformación social ya no puede comprenderse separando medios, datos e infraestructuras. La sociedad se reconfigura a través de ellos.
Ahí aparece un problema que suele quedar oculto tras la comodidad tecnológica. Una infraestructura no sólo conecta. También ordena.
Las plataformas clasifican contenidos, establecen jerarquías de visibilidad, convierten comportamientos en datos y fijan reglas de participación. Van Dijck, Poell y de Waal advirtieron que la plataforma se estaba convirtiendo en una forma organizativa capaz de penetrar mercados y prácticas sociales mientras trasladaba valores públicos hacia infraestructuras administradas por corporaciones privadas.
Quizá ahí deba actualizarse la vieja pregunta sobre el poder de los medios. Ya no basta preguntar quién produce los mensajes. Hay que preguntar quién diseña las condiciones bajo las cuales algo puede ser visible, encontrable, recomendable o económicamente sostenible. Y entonces llegó la inteligencia artificial.
Cuando la infraestructura comienza a interpretar
La IA introduce una discontinuidad silenciosa. Durante décadas construimos tecnologías capaces de almacenar, transmitir y ordenar información. Ahora incorporamos sistemas capaces de inferir patrones, generar lenguaje, producir imágenes, recomendar decisiones y comenzar a ejecutar acciones.
La infraestructura mediática adquirió una capa cognitiva.
El AI Index 2026 de Stanford estima que la inteligencia artificial generativa alcanzó aproximadamente 53% de adopción poblacional en apenas tres años, con una difusión más rápida que la computadora personal o internet. Además, 88% de las organizaciones encuestadas reportó utilizar IA durante 2025.
La cifra resulta inquietante no porque anuncie una sustitución automática de los humanos, sino porque señala otra transición: estamos delegando operaciones interpretativas a la misma infraestructura en la que ya depositamos nuestra vida social.
Durante la primera gran mediatización, las instituciones adaptaron sus comportamientos a la lógica mediática. Durante la plataformización, aprendieron a convivir con algoritmos que distribuían atención. Con la IA aparece algo distinto: sistemas capaces de intervenir sobre la producción misma de significado.
Una búsqueda ya no necesariamente entrega documentos; produce una respuesta. Una plataforma educativa puede dejar de mostrar materiales para convertirse en tutor. El software empresarial puede dejar de almacenar decisiones para participar en ellas. El medio comienza a responder.
Esto altera nuestra relación antropológica con la técnica. La herramienta tradicional esperaba la voluntad humana. El sistema inteligente interpreta esa voluntad, la completa, la traduce y, en ciertos entornos agénticos, actúa a partir de ella.
Por eso resulta insuficiente hablar de inteligencia artificial como si fuera sólo software. Kate Crawford recuerda que la IA constituye también una infraestructura material sostenida por minerales, energía, trabajo humano, centros de datos y enormes procesos extractivos de información. Aquello que aparenta ingravidez algorítmica posee una densidad económica y política considerable.
La pregunta ética cambia entonces de escala.
No consiste únicamente en determinar si una respuesta generada contiene sesgos. Importa preguntarse qué ocurre cuando instituciones enteras comienzan a mirar la realidad mediante sistemas que clasifican previamente aquello que merece atención. También importa preguntarnos qué sucede con nosotros.
Durante décadas aprendimos a producirnos para las cámaras. Después nos habituamos a escribir para buscadores y publicar para algoritmos de recomendación. Ahora comenzaremos, quizá sin percibirlo, a formular nuestra existencia para máquinas capaces de interpretarnos.
Cada conversación, búsqueda, pausa, fotografía o desplazamiento puede alimentar modelos que reconstruyen regularidades del comportamiento humano. La antigua opinión pública se aproxima así a una condición inédita: una sociedad permanentemente modelada por sistemas que aprenden de ella al mismo tiempo que intervienen en aquello que aprende.
Por ello la centralidad de la persona no puede convertirse en una decoración ética colocada al final del desarrollo tecnológico. Tendría que operar como criterio previo de diseño.
Seguimos necesitando medios para reencontrarnos con amigos, conversar, descubrir el mundo y disfrutar aquello que otros comparten. El testimonio de aquel usuario conserva toda su fuerza porque detrás de cada dispositivo continúa existiendo una pulsión profundamente humana: encontrarnos.
Sólo que ahora entre nosotros empieza a habitar algo más. Una infraestructura observa el encuentro, lo convierte en datos, aprende sus regularidades y comienza a participar en la conversación.
Quizá la gran disputa de nuestro tiempo no sea entre humanos y máquinas. Es más íntima. Se libra entre dos posibilidades de futuro: una sociedad que termina adaptando su humanidad a las exigencias de sus sistemas, o una sociedad suficientemente lúcida para obligar a sus sistemas a responder por la dignidad de aquello que conectan.
Las pantallas ya no están frente a nosotros. Están debajo de casi todo lo que hacemos.
Y ahora que esa superficie comienza a pensar, recomendar y actuar, tendremos que decidir algo que ninguna inteligencia artificial debería decidir en nuestro lugar: qué clase de humanidad queremos construir sobre ella.
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