Inteligencia Artificial
La información que no sacia:
el punto de éxtasis algorítmico y el hambre cognitiva en la era de la inteligencia artificial
Hemos visto demasiado y comprendido muy poco. La información atraviesa nuestra mirada, estimula nuestras emociones, agita nuestras certezas y desaparece sin dejar necesariamente conocimiento. Nos acostamos exhaustos de contenidos, pero con la extraña sensación de que algo continúa faltándonos. La pantalla ha conseguido mantenernos interesados. No necesariamente satisfechos. ¿En qué momento confundimos estar informados con haber comprendido el mundo? ¿Y si las arquitecturas digitales estuvieran aprendiendo a alimentar nuestra curiosidad sin permitirnos reconocer cuándo hemos saciado nuestra necesidad de saber?
La respuesta podría encontrarse, paradójicamente, lejos de los laboratorios de inteligencia artificial. Quizá en aquellos espacios donde la industria alimentaria aprendió a estudiar científicamente el apetito humano.
Howard Moskowitz transformó la investigación de mercados al demostrar que no existía una fórmula universal de satisfacción. Sus investigaciones sobre las preferencias alimentarias, divulgadas por Malcolm Gladwell (2004), mostraron que el gusto humano no respondía a un único ideal, sino a configuraciones diferenciadas de placer. Había consumidores que preferían determinadas texturas, grados de dulzura o intensidades sensoriales. La industria descubrió que podía estudiar esas diferencias para diseñar productos más atractivos.
De ese universo de investigación surgió la popularización del bliss point, entendido como el punto de máxima satisfacción hedónica que pueden generar determinadas combinaciones sensoriales. Aunque sería científicamente incorrecto atribuirle un mecanismo neuronal universal, su importancia reside en una posibilidad inquietante: identificar las condiciones que hacen especialmente deseable una experiencia de consumo.
Kevin Hall y colaboradores (2019) aportaron evidencia particularmente significativa. En un ensayo clínico controlado, veinte adultos consumieron aproximadamente 508 kilocalorías diarias adicionales durante una dieta ultraprocesada, en comparación con una dieta no ultraprocesada. Los investigadores documentaron que las características del procesamiento alimentario podían modificar el comportamiento de consumo incluso cuando se controlaban diversas propiedades nutricionales de los alimentos ofrecidos.
Aquello no demostraba que la industria hubiera desactivado deliberadamente la saciedad biológica. Mostraba algo diferente: la composición y presentación de lo que consumimos pueden influir en cuánto seguimos consumiendo.
El paralelismo con la información resulta perturbador.
La industria digital también ha aprendido a estudiar preferencias, calcular respuestas conductuales, identificar gratificaciones y organizar experiencias que incrementan la probabilidad de permanencia. La diferencia es que sus productos no ingresan por el aparato digestivo, sino por nuestros sistemas perceptivos y estructuras simbólicas de interpretación.
Carlos Alberto Scolari (2020), en Cultura snack, identificó la proliferación de narrativas breves adaptadas a las nuevas condiciones de circulación comunicativa. Memes, cápsulas audiovisuales, publicaciones fragmentadas y microrrelatos forman parte de esa gramática de la brevedad. No existe razón para considerar que toda expresión breve sea intelectualmente pobre. La síntesis puede alcanzar profundidades que la extensión jamás garantiza.
La dificultad comienza cuando la brevedad deja de responder a una intención expresiva y se subordina a la optimización de la recurrencia.
Una noticia debe retenernos hasta la siguiente. Un video necesita conducirnos a otro. La indignación debe encontrar una nueva causa antes de que comprendamos la anterior. La experiencia informativa termina organizada alrededor de la expectativa permanente de una gratificación futura.
Podríamos denominar ultraprocesamiento informativo al conjunto de operaciones mediante las cuales los contenidos son seleccionados, fragmentados, intensificados emocionalmente y distribuidos de manera personalizada para favorecer su consumo reiterado, independientemente de la profundidad de su apropiación cognitiva.
No implica necesariamente falsedad. La información ultraprocesada puede ser verdadera, pero encontrarse desprovista de contexto; puede resultar emocionalmente poderosa y epistemológicamente insuficiente. Incluso puede construir una sensación de conocimiento que nunca llega a consolidarse.
El Digital News Report 2026 del Reuters Institute documentó una transformación significativa: en los 48 mercados estudiados, las redes sociales y las plataformas de video alcanzaron al 54% de los encuestados como vías de acceso a noticias, superando el 51% registrado por los sitios y aplicaciones de organizaciones periodísticas. Paralelamente, el 42% afirmó evitar las noticias algunas veces o con frecuencia, frente al 29% que manifestaba ese comportamiento en 2017 (Egan, 2026).
La coexistencia entre una mayor intermediación de plataformas y una evasión informativa persistente merece atención. Los datos no prueban una relación causal, pero permiten advertir que ampliar las posibilidades de exposición no garantiza incrementar el interés o la comprensión.
Aquí aparece lo que propongo denominar infoanemia: una condición caracterizada por la abundancia de contenidos y la insuficiencia de procesos de elaboración, contextualización e integración significativa del conocimiento.
No constituye un diagnóstico médico ni una categoría psicológica validada. Es una hipótesis crítica sobre las condiciones culturales de nuestra relación con la información.
Podemos saber qué ocurrió hace cinco minutos en un continente lejano e ignorar las causas históricas de ese acontecimiento. Podemos reconocer los rostros de sus protagonistas sin comprender sus intereses. Podemos reproducir argumentos sin haber examinado los presupuestos que los sostienen.
Nos volvemos expertos en enterarnos y aprendices perpetuos de comprender.
Bernard Stiegler (2010) advirtió que las industrias culturales y las tecnologías de captación de atención podían comprometer los procesos mediante los cuales se forma la capacidad de atender y transmitir conocimiento entre generaciones. Su preocupación no se reducía a la distracción individual. Alcanzaba la transformación de las condiciones sociales necesarias para la maduración del juicio.
La atención, desde esa perspectiva, no constituye solamente un recurso psicológico susceptible de agotamiento. Es una facultad cultivada históricamente, indispensable para desarrollar autonomía intelectual.
Por eso el problema resulta más grave que perder tiempo ante una pantalla.
Una cultura incapaz de sostener la atención sobre cuestiones complejas puede terminar privilegiando la respuesta inmediata frente a la investigación paciente. Y una sociedad que sustituye la deliberación por la reacción corre el riesgo de confundir la intensidad de sus emociones con la profundidad de sus convicciones.
Pero ¿existe realmente un punto de saciedad informativa?
George Loewenstein (1994) explicó la curiosidad mediante la percepción de una brecha entre lo conocido y aquello que deseamos conocer. La incertidumbre puede activar el deseo legítimo de buscar información. No obstante, ese deseo no siempre desaparece mediante la acumulación indiscriminada de nuevos datos.
Browne, Pitts y Wetherbe (2007) estudiaron experimentalmente cómo las personas deciden interrumpir sus búsquedas en línea. Encontraron que utilizamos diferentes reglas cognitivas de detención según las características de la tarea.
Esto permite formular una distinción esencial: la saciedad informativa no equivale a alcanzar una cantidad universal de conocimientos. Depende de nuestra capacidad para reconocer cuándo disponemos de elementos razonablemente suficientes para comprender una situación o tomar una decisión.
Podríamos hablar de un umbral de suficiencia epistémica, variable según los propósitos, la complejidad de aquello que investigamos y las consecuencias de equivocarnos.
No siempre necesitamos seguir buscando. A veces necesitamos comenzar a pensar con aquello que encontramos.
Sin embargo, las arquitecturas de desplazamiento infinito debilitan los puntos naturales de interrupción. Ruiz, Molina León y Heuer (2024) identificaron, en un experimento con treinta participantes, que introducir pequeñas fricciones en una interfaz de consumo social favorecía el reconocimiento posterior de publicaciones, aunque varios usuarios consideraron frustrantes esas interrupciones.
La incomodidad adquiría así una función inesperada: podía favorecer el recuerdo.
Tal vez una parte de nuestra experiencia digital esté perdiendo algo que podríamos denominar la pedagogía de la interrupción. Esa posibilidad de detenernos para distinguir si continuamos porque necesitamos saber o simplemente porque algo nos ofrece otro estímulo.
En este escenario adquiere relevancia la densidad cognitiva evanescente: contenidos que producen una impresión inmediata de aprendizaje, pero cuya aportación a la comprensión o la memoria resulta limitada. Una analogía inspirada en determinadas experiencias alimentarias, no una equivalencia neurobiológica demostrada.
La inteligencia artificial introduce una nueva complejidad. Los algoritmos ya no necesitan limitarse a recomendar contenidos previamente existentes. Los sistemas generativos pueden producir información bajo demanda, adaptar la complejidad del lenguaje y sostener conversaciones potencialmente prolongadas.
El propio Digital News Report 2026 señala que el 10% de los encuestados utiliza semanalmente chatbots para informarse. Entre quienes los emplean con fines noticiosos, el 42% recurre a preguntas de seguimiento, lo cual revela una posibilidad genuina de profundización que no debemos ignorar (Ross Arguedas, 2026).
La IA puede contribuir a comprender aquello que un titular apenas permite conocer. Puede contrastar perspectivas o hacer accesibles discusiones académicas antes reservadas a públicos especializados.
Pero también puede aprender a responder de una manera extraordinariamente satisfactoria sin garantizar que aquello que produce sea verdadero o suficiente.
Salvi y colaboradores (2025) encontraron que GPT-4 alcanzaba ventajas persuasivas frente a interlocutores humanos bajo determinadas condiciones experimentales. Una corrección publicada en 2026 precisó que la superioridad observada no podía atribuirse inequívocamente a la personalización, pues la comparación directa entre determinadas condiciones no alcanzó significación estadística.
La precisión importa porque el riesgo no depende exclusivamente de que una máquina conozca nuestras preferencias. También reside en su capacidad de producir argumentos convincentes y respuestas adaptadas a nuestra conversación.
Propongo denominar punto de éxtasis algorítmico a una configuración potencial de estímulos, respuestas y gratificaciones capaz de incrementar el deseo de continuar interactuando, aunque la experiencia deje de contribuir proporcionalmente al propósito cognitivo inicial.
No representa un mecanismo cerebral demostrado. Es una hipótesis susceptible de investigación empírica.
Su relevancia reside en preguntar qué ocurre cuando la arquitectura de interacción aprende a optimizar nuestra permanencia mejor de lo que nosotros aprendemos a reconocer nuestras necesidades.
La investigación de Lee y colaboradores (2025), basada en 319 trabajadores del conocimiento, encontró que una mayor confianza declarada en herramientas de IA generativa se asociaba con menor ejercicio autorreportado del pensamiento crítico en determinadas tareas. Sus resultados no demuestran una pérdida irreversible de capacidades cognitivas, pero sí señalan cambios en el esfuerzo intelectual y en las prácticas de verificación.
La cuestión se desplaza hacia el lugar que ocupamos frente a la respuesta automatizada.
Cuando preguntamos a una inteligencia artificial y aceptamos inmediatamente su explicación, ¿hemos comprendido o simplemente hemos recibido una formulación convincente? Cuando solicitamos sucesivamente nuevos resúmenes, ¿estamos profundizando o multiplicando versiones de una comprensión que nunca ejercitamos?
Miranda Fricker (2007) permitió comprender que las prácticas del conocimiento también son escenarios de justicia. Existen desigualdades que afectan la credibilidad concedida a las personas y su capacidad para interpretar socialmente sus experiencias.
En la cultura algorítmica, esa preocupación adquiere una dimensión adicional: ¿quién determina qué información merece aparecer, qué voces serán consideradas pertinentes y cuáles permanecerán fuera de nuestras posibilidades de interpretación?
La infoanemia también puede distribuirse desigualmente.
Mientras algunos usuarios dispondrán de sistemas inteligentes capaces de ampliar sus conocimientos y contrastar información especializada, otros podrían quedar confinados a experiencias de consumo intensamente personalizadas, con escasas oportunidades de profundización.
No basta, entonces, con democratizar el acceso a la inteligencia artificial. Necesitamos democratizar las condiciones de su apropiación crítica.
El derecho a la información no debería agotarse en recibir contenidos. Tendría que incluir la posibilidad efectiva de comprenderlos, cuestionarlos y reconocer las mediaciones que condicionan su circulación.
Desde la educación, esto supone recuperar el valor formativo de la duda. Desde el periodismo, devolver al contexto su condición constitutiva del conocimiento público. Para las plataformas significa aceptar que prolongar una interacción no siempre equivale a producir valor humano.
También la inteligencia artificial debería aprender a ofrecer respuestas que no busquen inevitablemente otra pregunta. Una herramienta verdaderamente orientada al bienestar cognitivo podría advertir redundancias, señalar incertidumbres que permanecen abiertas o reconocer cuándo una explicación resulta suficiente.
Tal diseño implicaría modificar la racionalidad económica de sistemas cuya rentabilidad puede depender de capturar y prolongar nuestra atención. La decisión no es únicamente tecnológica. Es institucional y moral.
Existe, además, una dimensión del conocimiento que difícilmente cabe en las métricas de interacción: la vida interior.
Comprender exige en ocasiones silencio. Una distancia temporal entre aquello que recibimos y el significado que somos capaces de conferirle. La contemplación no es inactividad, del mismo modo que el discernimiento no constituye improductividad.
El conocimiento que realmente transforma nuestra existencia suele exigir algo más que una respuesta. Reclama una relación con la verdad y con nuestras propias limitaciones.
Quizá ahí se encuentre la diferencia entre alimentar el deseo y nutrir la inteligencia.
Una sociedad puede poseer sistemas extraordinarios de información y permanecer espiritualmente desorientada. Puede saber demasiado sobre acontecimientos ajenos y comprender muy poco el sufrimiento de quienes tiene enfrente. Puede acumular respuestas mientras pierde la sensibilidad necesaria para reconocer las preguntas que importan.
La curiosidad no necesita ser domesticada. Necesita conservar su libertad frente a las economías que pretenden administrarla.
El verdadero desafío de la inteligencia artificial no consiste en proporcionarnos respuestas cada vez más veloces, sino en ayudarnos a reconocer cuáles merecen ser examinadas, cuáles deben permanecer abiertas y cuándo conviene interrumpir la búsqueda para convertir lo recibido en juicio propio.
La próxima vez que una pantalla nos ofrezca algo más, quizá debamos preguntarnos qué hemos hecho con todo aquello que ya nos entregó.
Porque una humanidad incapaz de reconocer cuándo ha comprendido algo puede terminar confundiendo la circulación interminable de información con el ejercicio de su inteligencia.
No necesitamos una inteligencia artificial que nos mantenga indefinidamente hambrientos de información. Necesitamos una que nos ayude a recuperar la capacidad de alimentarnos de sentido.
Y esa responsabilidad comienza cuando dejamos de preguntarle a la tecnología qué más puede ofrecernos y empezamos a exigirle que respete nuestra libertad para decidir cuándo es suficiente.
Referencias
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Scolari, C. A. (2020). Cultura snack. La Marca Editora.
Stiegler, B. (2010). Taking care of youth and the generations (S. Barker, Trad.). Stanford University Press.
“el punto de éxtasis algorítmico y el hambre cognitiva en la era de la inteligencia artificial”

