Desarmar el algoritmo: género, cuerpo y dignidad humana en el capitalismo algorítmico
La transformación de la persona en dato dentro del capitalismo algorítmico y las implicaciones éticas para la dignidad humana.

Desarmar el algoritmo: género, cuerpo y dignidad humana en el capitalismo algorítmico

El capitalismo algorítmico es un modelo económico basado en la extracción, análisis y monetización de datos humanos mediante plataformas digitales e inteligencia artificial. Su relevancia no radica únicamente en la innovación tecnológica, sino en la capacidad de convertir comportamientos, emociones, relaciones y decisiones en recursos económicos. La pregunta central ya no es qué pueden hacer las máquinas, sino qué ocurre cuando las personas comienzan a ser tratadas como sistemas calculables y optimizables.
¿Qué es el capitalismo algorítmico?
Hay una frase que puede servir como punto de partida para mirar el presente sin demasiada ingenuidad: el capitalismo algorítmico no sólo produce mercancías; produce sujetos calculables. Su operación más profunda ya no consiste únicamente en vendernos cosas, sino en convertirnos a nosotros mismos en información útil para el mercado. En esa transformación silenciosa, cada búsqueda, cada compra, cada imagen, cada desplazamiento, cada pausa frente a una pantalla, cada emoción sugerida por una reacción digital y cada fragmento de deseo que dejamos en una plataforma se incorpora a una forma de conocimiento económico sobre nosotros. No se trata solamente de que las empresas sepan qué queremos comprar. El problema es más hondo: el mercado comienza a conocernos como patrones, probabilidades, perfiles de riesgo, mapas de deseo, tendencias de consumo, afinidades políticas, identidades explotables y cuerpos modificables.
La promesa tecnológica de nuestro tiempo suele presentarse bajo una retórica amable: eficiencia, personalización, acceso, creatividad, salud, mejora, conexión, innovación. Sería absurdo negar que muchas de esas promesas tienen efectos reales. La inteligencia artificial puede ayudar a diagnosticar enfermedades, traducir lenguas, automatizar tareas, ampliar procesos educativos, organizar archivos, producir conocimiento y crear nuevas formas de expresión. Pero el entusiasmo técnico suele ocultar la pregunta más importante: ¿quién organiza esa tecnología?, ¿quién se beneficia de sus resultados?, ¿quién queda clasificado, vigilado o excluido?, ¿qué forma de humanidad se está diseñando cuando la vida cotidiana empieza a traducirse en datos?
La discusión sobre inteligencia artificial no puede quedarse en si las máquinas “piensan” o no. Esa pregunta, aunque seductora, desplaza la atención hacia un falso centro. La cuestión decisiva no es si la IA piensa como una persona, sino si las personas comenzamos a ser tratadas como sistemas procesables. No es si la máquina tiene conciencia, sino si el mundo social empieza a organizarse como si la conciencia humana pudiera reducirse a información, predicción y rendimiento. En ese punto, la inteligencia artificial deja de ser sólo una herramienta y se convierte en síntoma de una mutación cultural más amplia: la conversión de la vida humana en materia prima de cálculo.
¿Cómo transforman los datos en una nueva forma de poder?
En mi investigación doctoral sobre femvertising y representación de las mujeres en la publicidad mexicana, el problema de fondo no era solamente un anuncio, una campaña o una marca. El caso permitía observar algo más amplio: la manera en que la publicidad, dentro de un sistema económico, produce representaciones, distribuye lugares sociales y convierte cuerpos e identidades en mercancías simbólicas. La publicidad no vende únicamente yogurts, perfumes, automóviles o bancos; vende modelos de vida, roles de género, aspiraciones, jerarquías de belleza, formas de éxito y modos de pertenencia. En ese sentido, la publicidad fue una de las grandes tecnologías culturales del capitalismo moderno. Enseñó a mirar a las personas como públicos objetivo, segmentos, estilos de vida y oportunidades de mercado.
Ese marco sigue siendo útil, pero ahora debe desplazarse. El caso concreto que alguna vez sirvió para pensar la femvertising ya no necesita ocupar el centro. Lo vigente es el cuerpo teórico: la relación entre capitalismo, representación, género, desigualdad y tecnología. La publicidad permitió ver cómo las mujeres fueron representadas históricamente como objetos de deseo, amas de casa, madres, consumidoras emocionales, cuerpos aspiracionales o figuras subordinadas a la mirada masculina. También permitió analizar cómo el discurso de empoderamiento podía ser absorbido por el mercado y devuelto como estrategia de marca. Lo que hoy ocurre con el capitalismo algorítmico es una radicalización de esa lógica. La publicidad representaba a los sujetos; el algoritmo los mide. La publicidad imaginaba públicos; el algoritmo construye perfiles. La publicidad proponía deseos; el algoritmo los anticipa, los administra y los retroalimenta.
Por eso el capitalismo algorítmico no debe entenderse simplemente como una fase más sofisticada de la publicidad digital. Es una forma de acumulación en la que la identidad, la reputación, la atención, la conducta y el cuerpo se vuelven recursos económicos. Zuboff (2019) lo llamó capitalismo de vigilancia para describir la extracción de datos conductuales orientados a predecir y modificar comportamientos. Srnicek (2017) habló de capitalismo de plataformas para explicar cómo las grandes empresas digitales se convierten en intermediarias estructurales de la vida económica y social. Couldry y Mejias (2019) propusieron la idea de colonialismo de datos para señalar que la vida humana se convierte en territorio de extracción. Durand (2020) y Varoufakis (2024), desde registros distintos, han recurrido al concepto de tecnofeudalismo para describir una concentración de poder en infraestructuras digitales que ya no se parece del todo al mercado abierto, sino a espacios cerrados donde se paga renta, se obedece una arquitectura y se depende de un señorío tecnológico.
¿Por qué algunos autores hablan de tecnofeudalismo?
La noción de feudalismo tecnificado resulta útil siempre que no se tome como una analogía literal. No se trata de decir que hemos regresado a la Edad Media ni que las plataformas digitales son idénticas a los señoríos agrarios. Lo que interesa es la estructura de dependencia. En el feudalismo clásico, la tierra organizaba la vida social, la producción y la extracción de renta. En el presente, la infraestructura digital empieza a ocupar un lugar semejante. Las plataformas son los territorios donde se trabaja, se conversa, se compra, se mira, se aprende, se desea, se liga, se enseña, se vende, se archiva y se existe socialmente. Quien controla la plataforma controla las condiciones de visibilidad. Quien controla la nube controla una parte importante del territorio simbólico. Quien controla los datos controla la posibilidad de anticipar comportamientos.
El usuario aparece como sujeto libre porque puede publicar, reaccionar, comprar, borrar, seguir, bloquear o compartir. Pero esa libertad ocurre dentro de arquitecturas privadas que capturan sus movimientos. La plataforma no necesita obligarlo de manera directa; le basta con diseñar el entorno donde decide. Le muestra unas cosas antes que otras, le sugiere ciertos vínculos, le facilita determinadas emociones, le vuelve más probable cierto consumo, le reduce la visibilidad si no cumple con sus reglas, lo premia con atención o lo castiga con irrelevancia. El poder ya no siempre opera como prohibición. Opera como entorno. No dice necesariamente “no hagas esto”; acomoda el espacio para que ciertas acciones parezcan naturales, deseables o inevitables.
Esta condición modifica la idea misma de mercancía. En el capitalismo industrial, la mercancía era visible: tela, acero, comida, automóvil, electrodoméstico. En el capitalismo financiero, el valor se volvió más abstracto: deuda, especulación, derivados, futuros. En el capitalismo algorítmico, el valor se desplaza hacia zonas todavía más íntimas: información, atención, reputación, deseo, estado de ánimo, ubicación, rostro, cuerpo, voz, ritmo cardiaco, rendimiento, interacción. La mercancía ya no está solamente frente a nosotros. En cierto sentido, somos parte de ella. No sólo compramos; producimos señales. No sólo consumimos; alimentamos sistemas. No sólo usamos plataformas; las hacemos más poderosas con cada gesto.
¿Cómo afectan los algoritmos a la dignidad humana?
Byung-Chul Han (2019) ha insistido en que el neoliberalismo descubrió la psique como fuerza productiva. Ya no se trata únicamente de disciplinar cuerpos, como en la fábrica clásica, sino de optimizar procesos mentales, emocionales y comunicativos. La productividad contemporánea no sólo exige presencia física; exige motivación, flexibilidad, exposición, creatividad permanente, disponibilidad afectiva, autogestión y capacidad de convertir la propia identidad en valor. En el capitalismo algorítmico esta psicopolítica se vuelve medible. La atención, el cansancio, la ansiedad, el deseo de reconocimiento y la necesidad de pertenencia pueden convertirse en métricas. El cuerpo ya no desaparece, pero queda atravesado por una economía de la psique y de la imagen.
Aquí la cuestión de género resulta central. Las desigualdades algorítmicas no nacen en una pantalla vacía. Vienen de una historia. Si los sistemas aprenden de datos producidos por sociedades desiguales, entonces pueden reproducir esas desigualdades bajo la apariencia de neutralidad. La UNESCO advirtió en 2024 que distintos modelos de lenguaje mostraban estereotipos regresivos de género: mujeres asociadas con hogar, familia e hijos; nombres masculinos vinculados con negocios, salario, carrera y puestos ejecutivos (UNESCO, 2024). NIST, por su parte, ha señalado que el sesgo en inteligencia artificial no es sólo un problema de datos incompletos o mal programados, sino que involucra sesgos humanos, sistémicos e institucionales a lo largo del ciclo de vida tecnológico (Schwartz et al., 2022).
Esto obliga a decirlo con claridad: el algoritmo no inventa el patriarcado, pero puede automatizarlo. No inventa el racismo, pero puede hacerlo operativo. No inventa el clasismo, pero puede volverlo probabilidad. No inventa la gordofobia, el edadismo o la colonialidad de la mirada, pero puede integrarlos a sistemas de clasificación, recomendación, selección y exclusión. Lo grave no es solamente que un modelo reproduzca un estereotipo. Lo grave es que el estereotipo puede aparecer como resultado técnico, como salida estadística, como recomendación objetiva, como decisión eficiente. La vieja desigualdad cultural adquiere una nueva vestidura: la de la precisión algorítmica.
En la publicidad tradicional, un anuncio sexista podía ser señalado, discutido, retirado o parodiado. En la economía algorítmica, el sesgo se vuelve más difícil de ubicar porque no siempre aparece como imagen pública. Puede operar en sistemas de recomendación, filtros de belleza, motores de búsqueda, reconocimiento facial, segmentación publicitaria, selección laboral, scoring crediticio, vigilancia urbana, moderación de contenidos o generación automática de imágenes. Ya no hay un solo anuncio que analizar, sino una cadena de decisiones invisibles. La discriminación puede estar en el dato que se recolecta, en la categoría que se infiere, en la base con la que se entrena, en la métrica que se optimiza, en el objetivo comercial que se prioriza o en la interfaz que condiciona la conducta.
¿Qué relación existe entre IA, género y desigualdad?
Safiya Umoja Noble (2018) mostró cómo los motores de búsqueda pueden reforzar jerarquías raciales y sexistas. Ruha Benjamin (2019) propuso la idea del “New Jim Code” para describir sistemas técnicos que, bajo apariencia de progreso, pueden reproducir formas de discriminación racial. Kate Crawford (2021) ha insistido en que la inteligencia artificial no es inmaterial ni mágica: depende de infraestructura, trabajo humano, extracción de recursos, clasificación de datos y concentración de poder. Estas aproximaciones coinciden en algo fundamental: la IA no puede pensarse como una nube abstracta. Tiene suelo, minerales, energía, trabajadores, ideología, propietarios, intereses, sesgos y consecuencias.
El lenguaje dominante sobre inteligencia artificial tiende a borrar esa materialidad. Se habla de modelos “generativos”, de “nubes”, de “asistentes”, de “automatización inteligente”, como si la tecnología flotara por encima de la sociedad. Pero la IA tiene una economía política. Alguien financia los centros de datos. Alguien etiqueta la información. Alguien decide qué se modera y qué no. Alguien define qué cuenta como precisión. Alguien establece qué cuerpos aparecen en las bases de entrenamiento. Alguien paga el costo ambiental. Alguien concentra los beneficios. Alguien queda reducido a usuario, dato o residuo.
La aparente neutralidad tecnológica recuerda una vieja ilusión de la publicidad: la idea de que el mercado sólo refleja deseos existentes. La publicidad solía decir que daba al público lo que el público quería. Pero esa frase siempre fue tramposa, porque el deseo también se produce. El mercado no sólo responde a necesidades; educa la mirada, organiza aspiraciones, vuelve deseables ciertas formas de vida y vuelve invisibles otras. Del mismo modo, los algoritmos no sólo responden a preferencias; las moldean. No sólo recomiendan lo que nos gusta; aprenden a intervenir en lo que puede gustarnos. No sólo muestran el mundo; participan en su edición.
¿Por qué el cuerpo se ha convertido en una mercancía digital?
Este punto es inquietante porque el capitalismo algorítmico no necesita convencernos de una sola ideología. Le basta con mantenernos dentro de una lógica de interacción continua. Puede indignarnos, seducirnos, entretenernos, halagarnos, polarizarnos, informarnos o confundirnos, siempre que permanezcamos dentro del circuito. La mercancía principal no es necesariamente el contenido, sino la permanencia. El tiempo conectado. La reacción. El rastro. La dependencia. La captura.
Por eso el cuerpo ocupa un lugar tan importante en esta discusión. Durante décadas, la publicidad convirtió el cuerpo en imagen aspiracional: cuerpos jóvenes, delgados, blancos o blanqueados, disponibles, exitosos, sexualizados, disciplinados. La cultura digital no abandonó esa lógica; la intensificó. El cuerpo ahora se filtra, se mide, se cuantifica, se compara, se corrige y se monetiza. Relojes inteligentes, aplicaciones de salud, plataformas fitness, filtros faciales, cirugía estética, dietas personalizadas, cámaras de vigilancia, reconocimiento biométrico y sistemas de rendimiento convierten el cuerpo en una superficie de datos. Ya no basta con verse bien; hay que demostrar actividad, sueño, productividad, control, juventud, deseo, energía, optimización.
Los Enhanced Games aparecen como síntoma extremo de esta época. Su propuesta consiste en permitir sustancias y métodos de mejora del rendimiento bajo supervisión médica. Sus promotores los presentan como una alternativa transparente frente al dopaje clandestino; sus críticos los ven como una normalización peligrosa de la intervención química del cuerpo con fines de entretenimiento, espectáculo y mercado. WADA condenó el proyecto como peligroso e irresponsable, señalando que pone en riesgo la salud de los atletas y promueve sustancias y métodos potentes para fines de marketing (World Anti-Doping Agency, 2025). Reuters reportó en 2026 que los organizadores ofrecieron un premio de diez millones de dólares a quien rompiera el récord de los 100 metros de Usain Bolt en su evento de 2027, lo que muestra con claridad la conversión del límite corporal en apuesta económica (Carroll, 2026).
¿Qué límites éticos necesita la inteligencia artificial?
Lo relevante de los Enhanced Games no es únicamente el dopaje. El asunto más profundo es la narrativa cultural que los hace posibles. El cuerpo aparece como laboratorio, inversión y espectáculo. La salud se mezcla con el rendimiento. La libertad individual se confunde con la presión de competir en un mercado de cuerpos mejorados. La medicina, que debería cuidar la fragilidad, se reubica en el imaginario de la superación ilimitada. El límite deja de ser una condición humana y empieza a ser leído como falla técnica. La pregunta ya no es sólo si un atleta puede modificar su cuerpo, sino qué sociedad convierte esa modificación en destino deseable.
Este problema no pertenece sólo al deporte. Los Enhanced Games son una imagen exagerada de algo que ya ocurre en formas más cotidianas: la obligación de optimizarse. Dormir mejor para rendir más. Comer mejor para verse mejor. Verse mejor para ser más visible. Ser más visible para tener más valor. Medir el cuerpo para administrarlo. Administrarlo para competir. Competir para existir. El cuerpo queda atrapado entre el cuidado legítimo de la salud y la presión de transformarse en proyecto rentable.
Desde una perspectiva de género, el problema se vuelve todavía más delicado. La exigencia de modificación corporal ha recaído históricamente con especial dureza sobre las mujeres y sobre los cuerpos no normativos. La belleza, la juventud, la delgadez, la blancura, la feminidad aceptable y la disponibilidad visual han funcionado como formas de disciplina social. El capitalismo algorítmico añade una capa: ahora esas exigencias pueden ser cuantificadas, filtradas, recomendadas y reforzadas por sistemas de visibilidad. Los cuerpos que se ajustan mejor al ideal circulan más; los cuerpos que incomodan pueden quedar penalizados por la mirada, por la plataforma o por el propio usuario que aprende a autocorregirse.
¿Cómo desarmar el algoritmo sin rechazar la tecnología?
Aquí se vuelve necesaria una guía ética que no dependa sólo de la regulación técnica. El pensamiento pontificio reciente ofrece una entrada importante porque desplaza la pregunta desde la eficacia hacia la dignidad. Magnifica Humanitas, de León XIV, plantea que la humanidad se encuentra ante una decisión civilizatoria en el tiempo de la inteligencia artificial: edificar en el bien o levantar una nueva Babel tecnológica (León XIV, 2026). Lo relevante de esa imagen no es su tono religioso, sino su potencia crítica. Babel representa una técnica que crece sin comunión, una arquitectura de poder que confunde grandeza con altura, dominio con progreso, capacidad con justicia.
Antiqua et Nova también resulta clave porque distingue la inteligencia artificial de la inteligencia humana. La IA puede procesar información, generar lenguaje, reconocer patrones y producir resultados útiles, pero la inteligencia humana no se agota en esas operaciones. Es corporal, relacional, moral, histórica y abierta a la verdad (Dicasterio para la Doctrina de la Fe & Dicasterio para la Cultura y la Educación, 2025). Esta distinción importa porque el capitalismo algorítmico tiende a valorar a las personas en función de aquello que las máquinas pueden medir: productividad, respuesta, eficiencia, rapidez, rendimiento, utilidad. Si aceptamos esa reducción, entonces la persona queda empobrecida antes incluso de ser reemplazada.
Dignitas Infinita ofrece el fundamento antropológico de esta crítica: la dignidad corresponde a toda persona más allá de cualquier circunstancia, estado o situación (Dicasterio para la Doctrina de la Fe, 2024). Esta afirmación, trasladada al presente digital, tiene una fuerza enorme. Significa que una persona no vale por sus datos, su visibilidad, su belleza, su fuerza, su capacidad de consumo, su productividad, su inteligencia medible o su rendimiento corporal. No vale más porque sea joven, rentable, atractiva, eficiente, saludable o tecnológicamente aumentada. Su dignidad no depende de su utilidad dentro de un sistema.
Éste es el punto donde el pensamiento ético puede dialogar con la crítica al capitalismo algorítmico. La pregunta por la dignidad no es decorativa. Funciona como límite. Si el mercado tiende a convertir todo en mercancía, la dignidad recuerda que no todo puede ser puesto a circular como valor de cambio. Si el algoritmo tiende a traducir la vida en datos, la dignidad recuerda que no todo lo humano es cuantificable. Si la cultura de la optimización convierte el cuerpo en proyecto interminable, la dignidad recuerda que la fragilidad no es fracaso. Si la IA promete superar la inteligencia humana, la dignidad recuerda que pensar no es sólo procesar.
Desarmar el algoritmo, entonces, no significa destruir la tecnología. Significa desactivar su aura de inevitabilidad. Significa dejar de tratarlo como si fuera una fuerza natural. Significa preguntarle por su origen, sus propietarios, sus intereses, sus sesgos, sus costos, sus víctimas, sus exclusiones y sus imaginarios. Desarmar el algoritmo es hacerle preguntas humanas a una infraestructura que suele esconderse detrás de respuestas técnicas.
También significa reconocer que no basta con hacer modelos “menos sesgados” si el sistema económico que los usa sigue orientado a la extracción. Un algoritmo más justo dentro de una economía injusta puede reducir algunos daños, pero no resuelve la lógica de fondo. La auditoría técnica es necesaria, pero insuficiente. Hace falta una auditoría cultural, política y ética. No sólo preguntar si el modelo acierta, sino qué mundo está ayudando a construir. No sólo si predice bien, sino qué derecho tiene a predecir. No sólo si clasifica con precisión, sino si esa clasificación debería existir.
La crítica debe cuidar, además, no caer en una fantasía antitecnológica simple. La tecnología no es enemiga por naturaleza. La medicina, la comunicación digital, la inteligencia artificial, los sistemas de archivo, la automatización y las plataformas pueden ampliar capacidades humanas. Pueden hacer visibles historias, facilitar accesos, reducir tareas pesadas, crear comunidad y abrir lenguajes. El problema aparece cuando la tecnología queda capturada por una racionalidad que sólo reconoce el valor de lo rentable, lo medible y lo optimizable. La técnica puede servir a la vida, pero también puede reorganizar la vida para servir a la técnica.
El estado actual es precisamente ése: una disputa abierta por el sentido de lo humano. No estamos ante una simple novedad tecnológica, sino ante una reorganización de la sensibilidad, del trabajo, del cuerpo, del deseo y de la autoridad. La IA generativa ha acelerado la producción simbólica; los modelos de predicción han intensificado la clasificación social; las plataformas han concentrado la visibilidad; la cultura fitness y biomédica ha reforzado la idea del cuerpo como proyecto; los sistemas de datos han normalizado la vigilancia; y las grandes corporaciones tecnológicas han adquirido una capacidad inédita para mediar la experiencia cotidiana.
En este presente, la desigualdad no desaparece: se actualiza. A veces se suaviza en el lenguaje de la inclusión, la personalización o la mejora. A veces se disfraza de innovación. A veces se vuelve tan cotidiana que deja de verse. Pero sigue ahí, cruzando género, clase, raza, edad, territorio y corporalidad. La mujer representada como doméstica por un modelo de lenguaje, el rostro racializado mal reconocido por un sistema de visión, el trabajador evaluado por métricas opacas, el cuerpo presionado por filtros de belleza, el atleta convertido en experimento rentable, el usuario que produce datos sin saberlo: todos forman parte de una misma escena.
Esa escena nos obliga a recuperar una vieja pregunta con herramientas nuevas: ¿qué tipo de vida merece ser defendida? Si respondemos desde el mercado, la vida valiosa será la que produce, consume, rinde, mejora y se adapta. Si respondemos desde el algoritmo, la vida valiosa será la que puede medirse, predecirse y optimizarse. Si respondemos desde la dignidad, la vida valiosa será toda vida humana, incluso cuando no sea eficiente, rentable, joven, bella, veloz, fuerte, productiva o visible.
Por eso desarmar el algoritmo es también recuperar el cuerpo. No el cuerpo como marca personal ni como plataforma de rendimiento, sino el cuerpo como lugar de existencia. El cuerpo que envejece, se cansa, enferma, desea, cuida, falla, acompaña, recuerda y necesita de otros. Recuperar el cuerpo es resistir la fantasía de una humanidad sin límites, porque una humanidad sin límites puede terminar siendo una humanidad sin compasión. Si nadie acepta la fragilidad, nadie cuida. Si todo límite se vuelve defecto, toda persona vulnerable queda en desventaja. Si todo puede optimizarse, quien no se optimiza parece culpable.
El capitalismo algorítmico pretende convencernos de que la historia se dirige inevitablemente hacia una vida más eficiente, más personalizada, más aumentada y más inteligente. Pero tal vez la pregunta correcta no sea cómo volvernos más eficientes, sino cómo seguir siendo humanos en medio de sistemas que nos prefieren calculables. Tal vez el reto no sea producir máquinas que nos imiten, sino impedir que nosotros terminemos imitando a las máquinas. Tal vez la verdadera inteligencia no consista en procesar más rápido, sino en discernir mejor.
La técnica seguirá avanzando. La inteligencia artificial será parte de la vida social, laboral, educativa, médica, política y cultural. El cuerpo seguirá siendo intervenido por tecnologías de salud, estética y rendimiento. Las plataformas seguirán disputando nuestra atención. Pero nada de eso debería obligarnos a aceptar que la persona sea reducida a dato, perfil o mercancía. La modernidad tecnológica necesita límites no porque la tecnología sea mala, sino porque el poder sin límite tiende a olvidar el rostro de quienes quedan debajo.
Desarmar el algoritmo, en última instancia, es volver visible el rostro humano detrás del dato. Es recordar que ninguna predicción agota una biografía, que ninguna métrica resume un cuerpo, que ningún modelo comprende por completo una vida, que ninguna plataforma debería gobernar la existencia común sin responsabilidad pública. Es afirmar que la inteligencia artificial debe estar al servicio de la persona, no la persona al servicio de la inteligencia artificial. Es sostener que la innovación sólo merece llamarse progreso cuando protege la dignidad, amplía la justicia y reconoce la fragilidad de lo humano.
Si el capitalismo algorítmico pretende conducirnos hacia un feudalismo tecnificado, la respuesta no puede limitarse a usar mejor las herramientas. Hay que disputar el territorio. Disputar los datos, las infraestructuras, los imaginarios, los cuerpos, las reglas y las palabras. Porque el problema no es únicamente tecnológico; es civilizatorio. Y frente a una civilización que empieza a valorar la vida por su rendimiento calculable, defender la dignidad humana se vuelve una forma de resistencia.
Dr. Jorge Nicolás Russ Moreno
La cuestión decisiva de nuestro tiempo no es si la inteligencia artificial será más poderosa, más rápida o más eficiente. La cuestión es qué lugar conservará la persona humana dentro de sistemas diseñados para medir, clasificar y optimizar cada aspecto de la vida. El capitalismo algorítmico nos invita a pensar que todo puede convertirse en dato; la dignidad humana recuerda que no todo puede convertirse en mercancía. Defender esa diferencia es una tarea ética, política y cultural que definirá el futuro de nuestras sociedades.
Este análisis forma parte de Anáhuac Landscape, plataforma dedicada al estudio de la inteligencia artificial, la ética, la comunicación y la cultura digital. Explora más investigaciones, tendencias y recursos especializados en nuestro Observatorio IA y conoce las reflexiones desarrolladas por el Human & Nonhuman Communication Lab sobre tecnología, poder y dignidad humana.
¿Puede existir una inteligencia artificial verdaderamente centrada en la persona dentro de un sistema económico basado en la extracción de datos? Comparte tu reflexión y participa en el debate sobre el futuro ético del capitalismo algorítmico.
Toda organización que utiliza inteligencia artificial debería preguntarse no sólo si sus modelos funcionan, sino qué impactos producen sobre la autonomía, la privacidad y la dignidad de las personas.
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Referencias
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Carroll, R. (2026, 27 de mayo). Enhanced Games offers $10 million prize to sprinter who breaks Bolt’s 100m record. Reuters.
Couldry, N., & Mejias, U. A. (2019). The costs of connection: How data is colonizing human life and appropriating it for capitalism. Stanford University Press.
Crawford, K. (2021). Atlas of AI: Power, politics, and the planetary costs of artificial intelligence. Yale University Press.
Dicasterio para la Doctrina de la Fe. (2024). Dignitas infinita: Declaración sobre la dignidad humana. Santa Sede. https://www.vatican.va
Dicasterio para la Doctrina de la Fe, & Dicasterio para la Cultura y la Educación. (2025). Antiqua et nova: Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Santa Sede. https://www.vatican.va
Durand, C. (2020). Techno-féodalisme: Critique de l’économie numérique. Zones.
Han, B.-C. (2019). Psicopolítica: Neoliberalismo y nuevas técnicas de poder. Herder.
León XIV. (2026). Magnifica humanitas: Carta encíclica sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Santa Sede. https://www.vatican.va
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Russ Moreno, J. N. (2022). Femvertising: Representación de las mujeres en la publicidad mexicana: análisis y coyuntura del caso “Empoderadas por un yogurt” [Tesis doctoral, Universidad Iberoamericana].
Schwartz, R., Vassilev, A., Greene, K., Perine, L., Burt, A., & Hall, P. (2022). Towards a standard for identifying and managing bias in artificial intelligence (NIST Special Publication 1270). National Institute of Standards and Technology. https://doi.org/10.6028/NIST.SP.1270
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Zuboff, S. (2019). The age of surveillance capitalism: The fight for a human future at the new frontier of power. PublicAffairs.
¿Qué es el capitalismo algorítmico?
Es un modelo económico donde los datos, la atención y el comportamiento humano se convierten en recursos productivos mediante plataformas digitales.
¿Cuál es la diferencia entre capitalismo algorítmico y capitalismo de vigilancia?
El capitalismo de vigilancia se enfoca en la extracción de datos conductuales; el capitalismo algorítmico incorpora además IA, automatización y sistemas predictivos.
¿Qué es el tecnofeudalismo?
Es una teoría que sostiene que algunas plataformas digitales concentran poder de forma semejante a antiguos sistemas feudales basados en dependencia estructural.
¿Los algoritmos pueden discriminar?
Sí. Cuando aprenden de datos sesgados pueden reproducir desigualdades de género, raza, edad o condición socioeconómica.
¿Por qué la dignidad humana es importante en la era de la IA?
Porque establece límites éticos frente a sistemas que tienden a valorar a las personas según métricas de rendimiento, visibilidad o utilidad económica.
“La transformación de la persona en dato dentro del capitalismo algorítmico y las implicaciones éticas para la dignidad humana.”
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