Paper · IA y Sociedad
Cuando el mensaje adquiere manos:
ciberpragmática agéntica y la nueva circulación del poder de actuar
Abstract
Quizá el cambio más perturbador que está introduciendo la inteligencia artificial no sea que una máquina pueda escribir, razonar, programar o conversar. Algo mucho más silencioso está ocurriendo detrás de las interfaces: los mensajes han comenzado a adquirir capacidad de actuación. Una salida producida por un sistema puede convertirse en instrucción para otro; una clasificación puede modificar una prioridad; una recomendación puede activar una herramienta y terminar, varios eslabones después, alterando la vida de alguien que jamás supo que existió aquella conversación entre máquinas. El mensaje ya no solamente representa el mundo. Empieza a intervenir sobre él.
La transformación no pertenece todavía a la ciencia ficción. El AI Index 2026 de Stanford reporta que 88% de las organizaciones encuestadas utilizó inteligencia artificial en al menos una función empresarial durante 2025, frente al 78% registrado el año anterior. La adopción de agentes autónomos permanece todavía en cifras de un solo dígito en buena parte de las funciones organizacionales, pero el desplazamiento resulta inequívoco: estamos pasando de sistemas que responden a sistemas que reciben objetivos, emplean herramientas, mantienen estados operacionales y ejecutan secuencias de acción (Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence [Stanford HAI], 2026).
Capgemini ofrece otra fotografía de esta frontera todavía inestable. En 2025, 14% de las organizaciones estudiadas ya implementaba agentes de IA a escala parcial o completa y 23% mantenía pilotos activos. Entre aquellas que habían comenzado a escalarlos, cerca del 45% experimentaba también con arquitecturas multiagente (Capgemini Research Institute, 2025). No hablamos todavía de una infraestructura plenamente madura, pero sí del inicio de una reorganización silenciosa de la acción organizacional.
La economía parece haberlo comprendido antes que nuestras categorías comunicacionales. La inversión corporativa global en inteligencia artificial alcanzó los 581.7 mil millones de dólares durante 2025, un incremento de 130% respecto del año previo (Stanford HAI, 2026). El capital está financiando capacidad computacional, modelos y centros de datos, pero también algo menos visible: arquitecturas de delegación.
Y allí comienza el verdadero problema.
Cuando el mensaje adquiere manos
Durante décadas explicamos la comunicación preguntándonos quién decía qué, mediante qué canal, con qué códigos y bajo qué circunstancias. Después aprendimos que comunicar no era simplemente transmitir señales. Incorporamos significado, interpretación, cultura, mediación, interacción. Comprendimos que una palabra podía modificar una relación y que un silencio también podía producir efectos.
Los agentes artificiales obligan a llevar aquella intuición un grado más lejos.
Un sistema puede recibir el mensaje de otro y no solamente interpretarlo funcionalmente. Puede hacer algo con él.
Puede cancelar una operación.
Alterar una ruta.
Modificar una estrategia.
Reservar un recurso.
Negar un permiso.
Desencadenar otra cadena de decisiones.
Aquí propongo ubicar el corazón de una ciberpragmática agéntica: una perspectiva interesada no únicamente en aquello que una unidad comunicativa significa, sino en la trayectoria de afectaciones que hace posible.
El concepto que podría organizar esta perspectiva es el de sentido afectante. Llamaría así a la capacidad que adquiere una configuración comunicativa para transformar el espacio de acciones disponibles, probables o autorizadas de otro componente dentro de un ecosistema.
El desplazamiento parece pequeño. No lo es.
Porque obliga a distinguir significado de consecuencia.
Una instrucción puede ser perfectamente comprendida y no ejecutarse. Otra puede ser pobre semánticamente y, sin embargo, desencadenar una transformación profunda del sistema. En una arquitectura agéntica, la pregunta ya no termina en “¿qué quiso decir?”, sino que se prolonga hasta algo mucho más incómodo: ¿qué quedó autorizado para ocurrir después?
Gilbert Simondon ofrece aquí una clave especialmente fecunda. Su concepto de transducción no describe simplemente el movimiento de algo previamente constituido; permite pensar procesos en los que una transformación se propaga modificando el medio por el que avanza. La individuación ocurre mientras la transformación atraviesa el sistema (Simondon, 2020).
Esa idea permite pensar la trasducción agencial.
La agencia no circula intacta.
Se transforma.
Una intención humana se convierte en objetivo computacional. El objetivo se traduce en instrucciones. Un agente interpreta esas instrucciones, produce una clasificación y otro agente la incorpora como criterio. Aquella clasificación entra después en un procedimiento institucional. Finalmente llega a una persona como contratación, rechazo, recomendación médica, límite crediticio o posibilidad educativa.
Nada de eso ocurrió en un único punto.
La consecuencia fue haciéndose.
Una probabilidad no es discriminación.Una clasificación no es exclusión.
Pero pueden convertirse en ello cuando cruzan determinadas fronteras y adquieren autoridad suficiente para modificar la vida de alguien.
Ahí aparece la portabilidad agencial: la posibilidad de que una decisión producida en un punto del sistema conserve suficiente capacidad operacional para afectar situaciones distantes de su origen.
La agencia viaja encapsulada.
No como voluntad. No como conciencia. No como deseo maquínico. Como potencia delegada de transformación.
Bruno Latour insistió en que muchas de las acciones que atribuimos cómodamente a individuos resultan, en realidad, de asociaciones entre actores humanos, objetos, dispositivos e instituciones. Seguir al actor significaba reconstruir esa red en lugar de asumir anticipadamente dónde residía la causalidad (Latour, 2005). La IA agéntica radicaliza esa intuición: ahora algunos de esos mediadores seleccionan cursos de acción y producen nuevas mediaciones antes de que un humano vuelva a ingresar en el circuito.
Por ello será cada vez menos suficiente preguntar quién decidió.
Tendremos que reconstruir cómo circuló la capacidad de decidir.
La ética de las consecuencias que viajan
Aquí la discusión adquiere una gravedad distinta. Una ecología multiagente puede estar integrada por sistemas individualmente bien configurados y producir, no obstante, consecuencias colectivas indeseables.
La alineación individual no garantiza una relación alineada.
Dos agentes pueden obedecer impecablemente sus objetivos locales y deteriorar al mismo tiempo el sistema común. Uno optimiza velocidad. Otro costos. Un tercero maximiza satisfacción. Ninguno ha sido instruido para preservar el vínculo, reconocer externalidades o reparar daños colaterales. Todos funcionan. El ecosistema fracasa.
Esta posibilidad vuelve especialmente relevante lo que denomino colonialidad técnica del objetivo.
Una meta no se limita a orientar una acción. Puede terminar reorganizando aquello que resulta visible para el sistema.
Cuando la conversión se vuelve el objetivo, una persona aparece como probabilidad de compra.
Cuando domina la eficiencia, el tiempo humano puede convertirse en fricción.
Cuando gobierna la reducción de costes, la excepción empieza a parecer anomalía.
La métrica comienza midiendo el mundo y termina fabricando el mundo que necesita medir.
Por ello la IA agéntica plantea un problema antropológico antes que un problema exclusivamente computacional. Lucy Suchman ha cuestionado durante décadas la tendencia a imaginar la agencia maquínica como una propiedad aislada y autosuficiente. Su análisis de las configuraciones humano-máquina obliga a situar la acción dentro de relaciones materiales concretas, prácticas y contextos que hacen posible aquello que después atribuimos a un actor singular (Suchman, 2007).
La responsabilidad deberá pensarse del mismo modo.
Luciano Floridi propuso la noción de moralidad distribuida para explicar situaciones en las que la relevancia moral de una acción emerge de múltiples componentes que participan conjuntamente en su producción (Floridi, 2013). La intuición adquiere nueva urgencia frente a sistemas capaces de encadenar operaciones autónomas.
Responsabilidad distribuida no puede significar responsabilidad evaporada.
El riesgo de una ecología excesivamente compleja consiste precisamente en que todos hayan participado y nadie pueda responder.
De ahí que necesitemos añadir a nuestras métricas de precisión y rendimiento otras propiedades menos espectaculares, pero profundamente humanas: trazabilidad, proporcionalidad, posibilidad de objeción y reparabilidad comunicativa.
Esta última merece especial atención.
Un ecosistema inteligente no debería ser juzgado únicamente por cuántos errores evita. También por aquello que sabe hacer cuando el error ocurre.
¿Puede reconstruir la cadena que condujo al daño?
¿Puede identificar dónde cambió de naturaleza una decisión?
¿Puede interrumpir una trayectoria antes de que la consecuencia se vuelva irreversible?
¿Puede devolver capacidad de decisión al humano afectado?
La cuestión resulta especialmente urgente porque la gobernanza avanza más lentamente que el despliegue. Stanford registra que los puestos específicamente dedicados a gobernanza responsable de IA crecieron 17% durante 2025 y que disminuyó el número de organizaciones sin políticas de IA responsable; sin embargo, 59% continúa señalando la falta de conocimiento como una barrera para implementarlas efectivamente (Stanford HAI, 2026).
Ahí está la grieta.
Podemos construir sistemas capaces de actuar mucho antes de aprender socialmente a responder por sus actos.
La ciberpragmática agéntica tendría entonces que ocuparse de una nueva unidad de análisis: la trayectoria de afectación. No bastará observar el mensaje ni aislar al agente. Habrá que seguir la consecuencia: su procedencia, sus transformaciones, los intermediarios que la amplificaron, las autoridades que le fueron concedidas y el instante preciso en que una inferencia informática se convirtió en acontecimiento humano.
Quizá ahí se encuentre el cambio más profundo que debemos comprender.
La comunicación nunca fue inocente. Siempre alteró vínculos, expectativas y posibilidades. Pero ahora comenzamos a construir mediaciones que pueden continuar actuando cuando nosotros hemos abandonado la conversación.
El sentido se ha vuelto portátil.
También la agencia.
Y tarde o temprano tendremos que decidir qué límites imponemos a esa circulación.
Porque la gran pregunta de la inteligencia artificial no será cuánto lograremos automatizar. Será mucho más incómoda: ¿hasta dónde estamos dispuestos a permitir que viaje una decisión antes de exigir que alguien vuelva a mirarla con ojos humanos?
Tal vez ésa sea la tarea política, ética y espiritual que nos corresponde: no enseñar a las máquinas a parecer personas, sino impedir que las personas desaparezcan de las cadenas de consecuencias que hemos decidido poner en movimiento.
Referencias
Capgemini Research Institute. (2025). Harnessing the value of AI: Unlocking scalable advantage. Capgemini.
Floridi, L. (2013). Distributed morality in an information society. Science and Engineering Ethics, 19(3), 727–743. https://doi.org/10.1007/s11948-012-9413-4
Latour, B. (2005). Reassembling the social: An introduction to actor-network-theory. Oxford University Press.
Simondon, G. (2020). Individuation in light of notions of form and information (T. Adkins, Trans.). University of Minnesota Press.
Stanford Institute for Human-Centered Artificial Intelligence. (2026). The 2026 AI Index report. Stanford University.
Suchman, L. (2007). Human-machine reconfigurations: Plans and situated actions (2nd ed.). Cambridge University Press.

